Ginebra tiene fama de ser una ciudad aburrida y tranquila. Y no es en absoluto cierto. Es una de las ciudades más interesantes de Europa. A orillas del lago Lemán y rodeada prácticamente por Francia, tiene un carácter que la hace ser muy diferente del resto de Suiza y mucho más francesa. Además, a pesar del calvinismo y de la forma de ser seria y trabajadora del ginebrino, la inmigración y las organizaciones internacionales han creado en la ciudad un ambiente multicultural que la convierte en un auténtico crisol de culturas y nacionalidades.
Ginebra tiene una vida cultural rica, mucho más de lo que le corresponde por sus 200.000 habitantes. Y cada año cerca del diez por ciento de la población cambia, 20.000 personas se van de la ciudad y otras 20.000 llegan. El lugar donde está situado Ginebra es perfecto, a orillas del Lago Lemán y al cobijo del Saleve, la gran montaña situada al sur ya situada en terreno fráncés. El cantón de Ginebra fue el último en incorporarse a Suiza, y lo hizo en 1815 despues de que el ginebrino Pictet de Rochemond negociara en el Congreso de Viena tanto para Suiza como para Gienbra.
Los monumentos más conocidos de Ginebra no son nada espectaculares, como el dedicado a Brunswick cerca de los hoteles de lujo cerca del lago, o el reloj rodeado de flores. El encanto de Ginebra radica en el entorno natural en que se asienta y en el conjunto armonioso en general. Las principales atracciones turísticas son el Palais de Nations, sede de la ONU en Europa y la Cruz Roja Internacional.
